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Luis
Fernando es el padre de una gran familia. Se trata de un conjunto
de personas y asociaciones eclesiales que
se vinculan en torno a un carisma y una espiritualidad comunes.
Toda esta realidad de la Iglesia es llamada Familia Sodálite,
hoy extendida en numerosos países de América y Europa.
En 1999 una comunidad de sodálites (SCV) se estableció en Ñuñoa,
por invitación del Arzobispo de Santiago, Cardenal Francisco
Javier Errázuriz. Desde entonces se agrega la llegada de
miembros de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación
y de las Siervas del Plan de Dios, y de todos quienes se han ido
sumando a la presencia de esta familia en Chile. Su fundador revela
en palabras iluminadoras un conocimiento profundo de cuáles
son las necesidades del ser humano y del mundo de hoy, y un claro
llamado a ser fuertes en la tarea que Dios nos ha encomendado dentro
del plan de una Nueva Evangelización.
¿Podría explicar esta nueva realidad eclesial que
se conoce como la Familia Sodálite?
Está integrada por personas que a título individual
encuentran una sintonía con el estilo y la espiritualidad
sodálite, así como por los diversos integrantes de
alguna de las instituciones u obras de esta familia espiritual.
Entre las instituciones se encuentra el Sodalitium Christianae
Vitae, el Movimiento de Vida Cristiana, la Fraternidad Mariana
de la Reconciliación, las Siervas del Plan de Dios, la Asociación
de María Inmaculada y la Hermandad de Nuestra Señora
de la Reconciliación.
El
camino de búsqueda de respuestas a las preguntas existenciales
y a los desafíos de los tiempos nuevos recibió su «bautizo» el
día de la Inmaculada Concepción en diciembre de 1971.
Desde entonces se va recorriendo una senda de maduración
y de concreciones en compañía cercana de Pastores
de la Iglesia, buscando responder en todo al soplo e impulso del
Espíritu Santo. Así llegamos al 8 de julio de 1997
en que el Papa Juan Pablo II concede su aprobación pontificia
al Sodalitium Christianae Vitae (SCV), como Sociedad de Vida Apostólica,
integrada por laicos consagrados y sacerdotes.
En
1999 una comunidad de sodálites (SCV) se estableció en Ñuñoa,
por invitación del Arzobispo de Santiago, Cardenal Francisco
Javier Errázuriz. Hoy se labora en diversas áreas
de esta gran megalópolis que es Santiago. Particular dedicación
ha merecido la labor en Maipú, en donde en un tiempo no
muy lejano esperamos tener otra comunidad de vida fraterna. Dentro
de su orientación general como consagrados los integrantes
del Sodalicio se sienten llamados a recorrer el camino de perfección
de la caridad por la vía apostólica. Se sienten llamados
a acentuar algunos ámbitos que consideran fundamentales:
el servicio evangelizador a los jóvenes, el compromiso solidario
con los pobres, el anuncio del Evangelio hasta las raíces
de la cultura y las culturas, y el servicio a las familias. Son
acentos que, no obstante señalar áreas de especial
atención, no excluyen otros campos que también son
muy importantes en la vida del Pueblo de Dios.
Existen
también dos asociaciones de vida consagrada para
mujeres, la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, que
recibió la aprobación diocesana en 1991, y las Siervas
del Plan de Dios, que fue aprobada en la Arquidiócesis de
Lima en 1998. Fraternas y siervas se encuentran laborando en la
viña del Señor también en Chile.
El
Movimiento de Vida Cristiana (MVC) nace en 1985, en respuesta
a la vocación recibida de Dios, sobre las huellas que los
integrantes del Sodalicio de Vida Cristiana venían recorriendo.
De inmediato Germán Doig Klinge (1957-2001) recibe el encargo
de ser su Coordinador General, sirviendo con sabiduría y
prudencia al Movimiento, hasta el momento en que Dios lo llamó a
su presencia. En 1994, la Sede Apostólica aprueba al MVC
como Asociación Internacional de Fieles de Derecho Pontificio.
Actualmente el Coordinador es Eduardo Regal Villa.
El
Movimiento está conformado por hombres y mujeres de
diversos estados de vida en la Iglesia. Sus miembros tienen diversas
misiones, complementarias y comparten un mismo espíritu
y un horizonte apostólico. Ellos nacen ante todo del gran
don del Bautismo, Sacramento por el que cada uno es hecho miembro
del Cuerpo de Cristo, conformándose con el Señor
Jesús. Desde esa realidad bautismal, que sella la interioridad
de la persona de una manera imborrable, cada cual es invitado a
compartir la misión del Señor.
El
Santo Padre ha señalado en diversas ocasiones que los
movimientos eclesiales son un don del Espíritu Santo para
la Iglesia. Constituyen ámbitos en los que los Christifideles
se reúnen para profundizar su fe, en especial en los vastos
desiertos de concreto, metal, cemento, asfalto y vidrio que son
las megalópolis de nuestro tiempo. Sometida a múltiples
fuerzas que la tiran de un lado hacia otro, la persona corre el
peligro de ver aún más perdida su unidad interior,
y así descubre cómo las rupturas de su existencia
se agigantan.
Los movimientos eclesiales como el MVC, cada cual con sus propias
características y estilo, ofrecen un ámbito de vida
cristiana donde las personas pueden ahondar en su adhesión
al Señor Jesús. Así, en el MVC las personas
profundizan, viven y celebran su fe, crecen en su amor a la Iglesia,
descubren las maravillas y los dones de Dios, expresan la caridad
solidaria, procuran dar gloria a Dios con su vida cotidiana y comparten
desde su propio recorrido y experiencia de Dios Amor con otras
personas que están en búsqueda, hambrientas del Pan
de Vida, sedientas del Agua Viva que calma los anhelos profundos
del ser humano. En lo central de la experiencia de fe del integrante
del MVC, se sitúa el anhelo por vivir la santidad, el ardoroso
compromiso por el apostolado y la entrega generosa y fraterna en
el servicio. Estas tres dimensiones expresan la proyección
del Movimiento de Vida Cristiana en su vivir la fe de la Iglesia
y en su aporte a la construcción de la civilización
del amor en el mundo. Hay
quienes afirman que el lenguaje de la Iglesia no llega a la juventud.
Desde la experiencia sodálite, ¿cómo
respondería usted a esta objeción, aparentemente
bastante difundida?
En
lo personal no tengo la experiencia de que el anuncio del Evangelio
que realiza la Iglesia no llegue a los jóvenes. Más
bien todo lo contrario. Tanto desde una macro perspectiva, como
de una micro perspectiva. Desde el gran Jubileo de los Jóvenes
en Roma, en 1984, hasta la fecha se cuentan por muchos millones
los jóvenes que han asistido a diversos encuentros de juventud
en todo el mundo. También, descendiendo a la esfera cotidiana
sodálite, se ve la multiplicación de grupos y comunidades
de fe integradas por jóvenes que aspiran a madurar su compromiso
cristiano personal e incluso a no desentenderse de los desafíos
apostólicos de nuestro tiempo.
Los
encuentros del Papa con la juventud son una clara manifestación
de que un significativo número de jóvenes, y no solamente
jóvenes, afirma ante el mundo que la fe en el Señor
Jesús es la única respuesta al hambre interior, al
deseo de felicidad, al más profundo clamor de realización
humana. Son reuniones de jóvenes comunes, jóvenes
que cotidianamente, en los diversos lugares de donde provienen,
viven inmersos en un mundo materialista, superficial, mercantilista
y que son bombardeados por una intensa propaganda sensual y agnóstica
de los medios. Es juventud de este tiempo que se viene llamando
informático, tecnológico.
Ciertamente
que el lenguaje de hoy no suena igual que el de ayer. Ha habido
un concilio decisivo, como el Vaticano II y su proceso
de «aggiornamento». El Papa Juan Pablo II ha venido
convocando a la realización de un programa de evangelización
que responda a las características singulares del mundo
de hoy. Actualmente hablamos de «nueva evangelización» precisamente
para hacer audible el Evangelio a los hombres y mujeres de hoy.
El Papa ha calificado a este programa como nuevo en su expresión,
en sus métodos y en su ardor.
Esta
aproximación apostólica no significa que el
núcleo central de la evangelización haya variado. ¡Nada
de eso! La nueva evangelización ha de ser un anuncio muy
claro de la absoluta singularidad de la Palabra Eterna hecha hombre
en el seno inmaculado de la Virgen María. Es el anuncio
hodierno del Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre.
El anuncio de su Nombre, de su Vida, de sus Misterios, de sus promesas.
El anuncio de la revelación que se encuentra en el depósito
de la fe de la Iglesia. Al acoger la Palabra Encarnada el ser humano
aprende el lenguaje de Dios y puede llegar a dialogar con su propia
interioridad que lleva la huella divina y se decodifica en su lenguaje.
Precisamente,
pasajes centrales como el de Gaudium et spes 22 o de Ecclesia
in America 10 hablan de esta íntima relación
del Señor Jesús y la identidad y realización
de la persona humana. Son pasajes del Magisterio, como los señalados,
los que hacen más claro el mensaje de la Buena Nueva a los
hombres y mujeres del tercer milenio. Se dirigen de una manera
especial a la identidad personal. Constituyen la perspectiva de
la nueva evangelización.
Veamos
por ejemplo ese encuentro de más de dos millones
de jóvenes en Tor Vergata, en Roma. Avanzando en medio de
un desbordante entusiasmo juvenil, el Papa dio una vez más
una gran catequesis al mundo: «¿Qué habéis
venido a buscar?, o mejor, ¿a quién habéis
venido a buscar?». Poco a poco se fue escuchando en diversos
lugares de la inmensa multitud un creciente murmullo que se hizo
un atronador grito de fe: ¡Jesús! ¡Cristo! ¡En
diversas lenguas un mismo clamor! La voz de Juan Pablo II se alzó vibrante
por los altavoces recogiendo lo que los jóvenes peregrinos
decían: «La respuesta no puede ser más que
una: ¡habéis venido a buscar a Jesucristo!».
El mensaje de esos y tantos otros millones de jóvenes es: ¡Hemos
venido a buscar a Jesucristo! ¡Hemos venido tras las huellas
del dulce Señor Jesús, junto a Pedro, su Vicario
en la tierra, para que nos confirme en la fe!
No
veo, pues, un problema de lenguaje propiamente, el «aggiornamento» en
lo accidental se ha dado y se viene dando. Más bien hay
otros factores que problematizan la evangelización, en particular
de la juventud. Están en un mundo que tiene muchas categorías
cristianas, pero que se encuentra herido por la secularización,
por el relativismo. Factores como entender bien lo que implica
confesar a Cristo, la coherencia en el seguimiento del Señor,
la relación entre Cristo y la Iglesia, así como factores
como la perseverancia, la generosidad en la entrega, el vencer
el miedo. ¡Hay tanto miedo a los compromisos serios en el
mundo de hoy! Por ello es tan importante la dimensión testimonial
de la evangelización. Los temas de la identidad del hijo
de la Iglesia y de la coherencia entre fe y vida cotidiana son
capitales.
Es
fundamental considerar más una presentación personal
y juvenil de la fe. Respetar al joven y su libertad, tomarlo realmente
en serio. Ayudarlo a que se descubra como un ser humano invitado
a la comunión con Dios y con los hermanos, a que se descubra
como una persona con una tarea en el mundo, a que descubra la importancia
de captar la dimensión que el Plan de Dios tiene para él.
Que comprenda que lo que siente como una especie de vacío
existencial es más bien nostalgia de Dios, y que ella no
puede ser calmada por sucedáneos. Ayudar a que descubra
cuán fascinante es la vida cristiana. Pero en definitiva
la evangelización es siempre un asunto de Dios, en el que
el ser humano colabora. No olvidemos que es el mismo Señor
Jesús quien dice: «Nadie viene a Mí si mi Padre
no lo atrae». Evangelizar es anunciar y acompañar
respetuosamente.
Ciertamente
el sodálite busca anunciar al Señor
Jesús en primera persona, como ha pedido el Papa. Lo hace
tomando en cuenta la perspectiva de la nueva evangelización,
y rezando mucho. Los jóvenes, como todo ser humano, finalmente
descubren la nostalgia de infinito, de reconciliación en
su interior. El lenguaje que se debe usar es aquel que con palabras
de hoy exprese los anhelos y respuestas que el Señor Jesús
nos ha dado.
Hay
un tema que aparece recurrentemente en el magisterio de Juan
Pablo II, es el tema de la verdad. Lo tenemos en sus encíclicas
tales como Centesimus annus, Evangelium vitae, y en forma particularmente
explícita y central en Veritatis splendor y Fides et ratio.
En su experiencia apostólica, ¿qué problemas
percibe en torno al tema de la verdad?
Son
muchísimos los problemas que hoy afectan la existencia
de la verdad, el encuentro de la verdad y las consecuencias de
ello. El Papa habla de «crisis en torno a la verdad»,
y le ha concedido al asunto una continua atención en su
Magisterio.
En
primer lugar pienso que hay que dejar en claro que esta crisis
no ha llegado de improviso. Es consecuencia de un proceso que viene
dándose desde hace algunos siglos. Podemos pensar en la
reducción matemática y racionalista de la realidad
de un René Descartes, en el siglo XVII, o en el escepticismo
nominalista y reductivo a lo empírico de David Hume, en
el XVIII, o en aquel mismo siglo en esa curiosa dualidad postulada
por Emanuel Kant entre la pura razón y la razón práctica
con el consecuente divorcio para él y quienes lo siguen
entre fe y razón, llevando con ello a un subjetivismo gnoseológico
hoy bastante difundido.
Todo
ello fue acompañado por el triunfo del llamado racionalismo
ilustrado que encontró su momento emblemático en
la Revolución Francesa. Hoy, para una cantidad de gente
que otrora la idolatraba, la razón ha caído de su
pedestal y no son pocos quienes en actitud nihilista no sólo
la desacreditan, sino que además niegan la posibilidad del
conocimiento de la verdad, e incluso la existencia de la verdad.
Subjetivismo y relativismo se difunden por doquier, cada vez más.
Hace sesenta años el Beato Alberto Hurtado señalaba
al materialismo agnóstico, al pragmatismo o utilitarismo,
y al relativismo como los elementos que desde entonces venían «plasmando
la mentalidad de la moderna generación». Es importante
señalar que esa forma mentis que veía surgir el beato
chileno ha contado para su difusión con la ignorancia sobre
los planteamientos de pensadores y filósofos católicos
de los últimos siglos. Incluso en colegios y universidades
católicas hay una prescindencia de ellos, como si nunca
hubiesen existido.
Así hoy se expande un irracionalismo unido a un relativismo
galopante. Los reduccionismos de todo tipo que absolutizando lo
parcial ven la realidad toda desde una óptica fragmentaria,
hacen de paraguas bajo cuya protección han venido surgiendo
las ideologías que atentan contra el ser humano. El enmascaramiento
es uno de los senderos por los que avanza el relativismo. El subjetivismo
como error y abuso de la recta subjetividad le sirve tanto de apoyo
como de caldo de cultivo.
La
Iglesia, y hoy Juan Pablo II han venido saliendo en defensa de
la razón y de la verdad. De cara al tercer milenio el
Papa viene señalando la capital importancia de la armonía
entre fe y razón para la humanidad. «La fe y la razón
-dice en Fides et ratio- son como las dos alas con las cuales el
espíritu humano se eleva hacia la contemplación de
la verdad».
Con
un cuestionamiento abierto o con el sutil agnosticismo funcional
cuyos efectos son desastrosos, pueblos que recibieron la primera
evangelización y que a ella deben su identidad, van viéndola
debilitarse porque los fenómenos apuntados llevan a un subjetivismo
tal que la verdad pierde valor ante el gusto o disgusto, la realidad
como tal se banaliza, el capricho, la irrefrenada búsqueda
de placer, de tener, de poder ocupan un lugar preponderante. El
tiempo transcurrido ha llevado a muchos a una insensibilidad tal
ante la verdad, que fácilmente la dejan de lado cuando incomoda
o se pone en el camino de proyectos o ambiciones.
Esto
nos lleva directamente al tema de la evangelización
de la cultura como una dimensión capital del proceso de
nueva evangelización al que estamos invitados. Basta con
seguir las huellas de la importancia que le da el Santo Padre en
los textos que usted ha señalado y en otras intervenciones
para comprender que la verdad y cuanto se refiere a ella es un
tema prioritario en la evangelización y en consecuencia
en la realización del ser humano.
¿Cuáles piensa usted que son las causas por las
que en países como el nuestro, de fuerte tradición
católica, el número de católicos haya disminuido
en los últimos años? ¿Es ésta una situación
generalizada en América latina?
Los
obispos en la Conferencia general de Santo Domingo apuntaban
al vacío religioso que se ha generado en nuestros pueblos.
Es un fenómeno real que se expresa en una identidad y coherencia
debilitadas. No se puede descartar la existencia de una campaña
que busca tal debilitamiento, que a la larga haría que nuestros
pueblos se alienen de su identidad y así pierdan el sentido
y cohesión. La búsqueda del desprestigio de líderes
de la Iglesia, del clero, y de muchas instituciones, que adquiere
formas y objetivos concretos diversos según los países,
no oculta, a pesar de esa aparente diversidad, que se está ante
una intensa campaña de propaganda de corte internacional,
cuyo objetivo parece ser desprestigiar y minar la autoridad de
la Iglesia para así acallar su voz. Aquí mismo el
Arzobispado de Santiago, en sus Líneas Pastorales hacia
el 2005, ha denunciado la campaña de desprestigio contra
la Iglesia y la influencia del Evangelio en las costumbres del
pueblo. Cabría preguntarse si todo ello tiene algo que ver
con la ambigüedad de ciertos esquemas de globalización.
De lo que sí se puede estar seguro es que se ha venido dando
una rápida expansión de visiones ajenas y contrapuestas
a las de la evangelización constituyente de la identidad
de nuestros pueblos. Igualmente, grupos de postura y proselitismo
antieclesial han ido surgiendo en diversos lugares, ya sea con
cariz político, ya religioso, ya con ambos. Esto ha ido
adquiriendo en América Latina, donde radica más de
la mitad de los católicos del mundo, proporciones cada vez
más dramáticas, como ya decían los obispos
en Santo Domingo, hace más de diez años.
No
cabe duda que el proceso afecta a unos países mucho
más que a otros. La cifra de 70% de católicos en
Chile ya es de por sí dolorosa. Más aún el
descenso de un 10% en diez años hace que ello sea preocupante.
Lo es más si se hace un análisis por sectores sociales,
económicos y culturales. Los hijos de la Iglesia Católica
en Chile harían muy bien en retomar las famosas palabras
del Beato Hurtado, ¡de hace sesenta años! «¿Reaccionarán
los católicos de Chile? ¿Qué actitud tomarán
los jóvenes ante la horrible tragedia espiritual de su patria?»
La
nueva evangelización a la que convoca el Papa es un
llamado a la conciencia de todo bautizado para que se comprometa
en la propia evangelización, comprendiendo que «uno
mismo es el primer campo de apostolado», y desde la convicción
firme del encuentro con el Señor Jesús, su Vida,
Misterios y Doctrina se lance a dar testimonio y anunciar la Buena
Nueva desde un corazón que sienta con la Iglesia y la ame.
La
devoción mariana en nuestros pueblos es una realidad
invalorable en todo aquello que atañe al compromiso de la
fe y a la evangelización. Por ello la nueva evangelización
se ha de realizar al ritmo de los latidos del Inmaculado Corazón
de María, pues Ella es la Madre de la Iglesia que engendra
siempre nuevos hijos e hijas.
Es
evidente el atractivo que los medios de comunicación
modernos ejercen en la juventud y es sabido el tiempo que los jóvenes
ocupan en el uso de estos medios, llámense televisión,
internet u otros... Dos cuestiones: una, ¿cómo orientar
ese uso por parte de los usuarios jóvenes? Dos, dado el
contexto comercial competitivo en el que universalmente navegan
estos medios, ¿hasta qué punto cree que su lenguaje
es rescatable para una tarea de evangelización de la cultura?
No
se puede minimizar el influjo de los medios de comunicación,
en especial del cine, la televisión, Internet y otros en
el desarrollo de una visión secularizante, de criterios
reductivos y naturalistas sobre la existencia, de un relativismo
en torno a la verdad, de prejuicios anticatólicos, de un
sutil y pernicioso agnosticismo funcional, de una distorsión
de la realidad de Dios, de una cosmovisión donde el bien
y el mal se confunden o son considerados expresión de subjetivismo.
Los
medios en sí son una realidad que podría ser
muy bien usada y de hecho en no pocos casos lo son. Lamentablemente
el uso de los medios a favor de los rectos valores no está tan
difundido como sería de desear. Éste fenómeno
está ligado a un proceso de globalización que busca
una cierta homogenización cultural, por ello promueve corrientes
como el pensamiento débil y busca transmitir antivalores
que permitan la hegemonía de una visión permisiva.
Deseo indicar que el problema que están generando estos
medios con su influencia sobre las personas, la familia, los pueblos
es mucho más complejo que un problema de moralidad particular.
Bastante
tiempo antes del final de la Guerra Fría ya existía
una sociedad de información en proceso de crecimiento. Ella
era campo de visiones culturales diversas. Hoy las coordenadas
han cambiado pero el núcleo de la problemática sigue
siendo un afán por difundir de manera cada vez más
hegemónica una visión cultural ajena y hasta opuesta
al cristianismo.
Ante
todo es necesario saber que esto está ocurriendo.
Ello llevará a un primer nivel de sinceramiento del mensaje
que se recibe por dichos medios y que lleve a un discernimiento
de cuanto afecta a los valores. Juan Pablo II decía no hace
mucho a los Obispos de Chile: «Es de esperar que los esfuerzos
del pueblo chileno para insertarse en el mundo global no lo lleven
a perder su identidad cultural». Obviamente detrás
de las palabras del Papa existe un análisis de lo que viene
ocurriendo, no sólo en el campo de las comunicaciones, sino
también en otros.
Con
esto estoy respondiendo a lo que percibo como trasfondo del asunto
planteado. Ahora, es cierto que es asombroso el número
de horas que muchos jóvenes dedican a la TV o a Internet,
al chateo, a la navegación y otros asuntos. El hecho es
real. Es muy importante una educación en lo que significan
estos medios, valorarlos en sus aportes y poner en guardia sobre
sus peligros. En esto, como en tantas otras cosas, la familia,
los padres, tienen una responsabilidad insustituible.
Existen
muchos estudios sobre éstos fenómenos. El
asunto central es comprender lo que está ocurriendo. Es
el paso a una nueva dimensión en que los medios de comunicación
desempeñan un rol antes impensado, salvo en la ciencia ficción.
Los medios referidos son portadores de una ideología, pero
la realidad de los medios va más allá de la ideología
que directamente transmiten. Por ello la educación para
un recto uso de los medios debe atender tanto al discernimiento
o sinceramiento de lo ideológico, como al factor del medio
mismo, llámese Internet o televisión.
La
clave está en la educación. En comprender el
sentido de instrumentalidad del medio. En aprender a ejercitarse
en la virtud de la prudencia para que el discernimiento sea realmente
libre y según sanos criterios.
Hay
factores muy graves como el desplazamiento de la lectura. Fenómenos, con todo lo discutible de los contenidos, como
la masiva lectura de la obra de la Rowlings por gente joven, son
una excepción. La difusión de libros atractivos y
la educación en el hábito de la buena lectura son
siempre aconsejables. Ciertamente hay jóvenes aficionados
a la lectura.
Por
otro lado, se ha podido constatar un fenómeno muy grave
como que la atención de no pocos jóvenes se da a
saltos, es decir al ritmo de los efectos especiales. Muchas veces
al solicitar un comentario sobre una película en un grupo
de evaluación, la gran mayoría no ha retenido la
trama sino tan sólo los efectos especiales que llamaron
su atención. La difusión de este esquema de pensamiento
abandona la logicidad por la espectacularidad.
El
chateo tomado como vicio, pues el método técnico
de chat se puede usar bien -como por ejemplo en empresas para facilitar
la comunicación-, lleva a muchas confusiones y problemas
entre los cuales el subjetivismo, la fantasía, el imperio
de la realidad virtual, cuya base es la lejanía de lo real
y objetivo, son categorías que en muchos parecen fundar
conductas y regir el pensamiento. Obviamente el tema de la generación
de hábitos de ilogicidad se relaciona con la anterior pregunta
en torno a la crisis de la verdad y a la explosión de subjetivismo
y emocionalismo que hoy presenciamos. Son rasgos de un mundo que
se está construyendo contra el ser humano y contra su dignidad,
en donde prima una dimisión de lo humano.
Vemos
el paso de la oralidad al copiado, luego a la imprenta, a la
radio, a la televisión, al ciberespacio. Éste
es «real» y no sólo «virtual», como
se suele decir. Es una realidad compuesta de máquinas, programas,
personas, capacidad de manejo de esos instrumentos, y mensajes,
que se comunican en esta realidad. Éste aparece como un
nuevo espacio donde se debe anunciar la Palabra de la Vida. Parece
indispensable un serio esfuerzo por profundizar en los posibles
efectos antropológicos de los desarrollos de los medios
de comunicación y las nuevas tecnologías con el fin
de rescatar su riqueza y contribuir a su orientación al
servicio del anuncio de la verdad liberadora y reconciliadora del
Evangelio. No se debe desconocer el grave riesgo existente ante
la posibilidad de subordinar el anuncio a los parámetros
de los multimedios, pero como enseña el Papa Juan Pablo
II, éste es un campo de evangelización prioritario
que no puede ser abandonado sin traicionar las mociones del Espíritu.
El ciberespacio tiene sus pobladores reales, lo que se podría
llamar sus ciudadanos. Urgen pues ciberapóstoles que ayuden
a una presentación visible y audible de la Palabra Viva.
Pienso
que es posible que una aproximación madura y cuidadamente
crítica lleve al joven o la joven a distinguir los valores
de los antivalores, el mensaje cristiano de aquel universo significativo
de las películas y medios que se opone a él. Con
padres bien formados y dedicados, los niños y adolescentes
pueden ir aprendiendo a distinguir y discernir, en la línea
de lo que en habla inglesa se suele llamar Parental Guidance (guía
de los padres). La escuela, los clubes de video o cine clubes de
orientación católica, los talleres de informática,
son todos elementos que pueden ayudar. Pero, de faltar esta mediación
crítica y esa orientación que ayude a discernir,
tras el telón del entretenimiento y de la atracción
se desliza una visión de la existencia que va socavando
notas esenciales de la integral realidad humana y que ciertamente
no está conforme con la visión cristiana de la vida,
y su presencia paulatinamente va conduciendo al debilitamiento
de su comprensión, a la incoherencia y a la confusión
existencial.
Nosotros
publicamos hace ya un tiempo un artículo suyo
en el que se refería al tema de la globalización.
A propósito de ese artículo, ¿cómo
se entiende que justamente una época de globalización,
en que se busca «homogeneizar» a los individuos y a
las sociedades entre sí, se dé con tanta fuerza algo
aparentemente opuesto, como es el individualismo exacervado (y
el pluralismo)?
La
globalización es una realidad ambigua. Algunos sociólogos
incluso niegan que se deba hablar de globalización. Esto
se debe a que no hay un solo factor sino una concurrencia de elementos,
desde la evolución de la economía, la nueva organización
y filosofía de las empresas, la internacionalización
de los grupos financieros, así como un sorprendente avance
tecnológico en las comunicaciones. Como uno de los elementos
se habla también de globalización cultural.
No
parece que se pueda negar el fenómeno de globalización.
Su sentido ambiguo, o para usar la conocida expresión de
John Naisbitt, «paradójico», no es razón
para hacerlo. La «homogeneización» es una tendencia
que puede acompañar a ciertos enfoques de la globalización.
Ello lleva a muchas personas a resistir esta homogeneización
cultural al sentirse amenazados por ella, por el peligro de dominación
de un determinado modelo cultural, por la imposición de
una visión que se opone a la propia escala de valores. Por
ello se da la afirmación de lo propio, de la particularización,
de la afirmación de la singularidad ante el peligro del
engullimiento cultural por un proceso homogeneizador global.
No
podemos aproximarnos al fenómeno de globalización
y de homogeneización de manera simplista. El concepto propuesto
por George Ritzer sobre la dinámica de McDonaldization de
la sociedad es una metáfora que busca pescar un símbolo
que ayude a comprender lo que pasa. Naisbitt señala la oposición
de lo «universal» y usa la metáfora de lo «tribal»,
es decir la idiosincrasia particular. Castells dice que la globalización
lleva a una afirmación de la identidad en el «ser» más
que en el «hacer». Barber y Alaine Touraine reconocen
un impulso de defensa de lo propio ante el peligro de uniformidad.
El
impulso de homogeneización implica un debilitamiento
de lo propio. Allí tenemos por un lado el «pensiero
debole» y por otro la autocensura del «political correctness».
Ambas tendencias se fundan en lo inaccesible de la verdad o en
su inexistencia, por lo que todo es «doxa», es decir
mera opinión. Así, el relativismo sirve para el brote
de una visión subjetiva que puede ser asumida en términos
absolutos o relativos, según concurran diversos factores,
y al mismo tiempo por esta dimisión de la verdad se produce
más que una tolerancia o un respetuoso pluralismo, un fenómeno
de indiferencia, de agnosticismo funcional, de pseudo respeto a
la opinión ajena, pues se le resta todo valor centrado en
la verdad, tiene como sustrato un escepticismo radical o moderado.
La
perspectiva que busca la afirmación de lo propio y se
abre a la realidad y al acceso a la verdad está en contracorriente
con una homogeneización fundada en el relativismo gnoseológico
de una u otra factura.
En
el mismo artículo usted se refiere a un «neolenguaje» propio
de un mundo globalizado, cuyo vocabulario elimina ciertas palabras «fuertes»,
reemplazándolas por otras más ambiguas o «inofensivas». ¿Cuáles
son, a su juicio, algunas de las palabras clave que sostienen -gracias
a su ambigüedad- este neolenguaje hoy en día? (Qué sucede
a este respecto en el plano religioso).
El
planteamiento del «neolenguaje», newspeak, es de
George Orwell, quien conceptualizó un contrabando o trasbordo
a través de usar palabras con un sentido diverso al aparente,
y así aplicar un sistema totalitario bajo un disfraz. Estaba
apuntando a uno de los elementos de la propaganda. Hoy se busca
ocupar palabras que sean ambiguas o banalizar por medio del equívoco
intencionado o la depreciación palabras que tienen un sentido
claro y preciso. Por ejemplo, no es infrecuente que activistas
de campañas anticatólicas empleen el término
contradictorio de «secta católica». ¿Qué extraño
fenómeno podría ser ese de una «secta» «católica»?
La ilogicidad no es para ellos un obstáculo. El objetivo
es hacer daño, desprestigiar, intimidar, imponerse.
Igual
ocurre con el «derecho» que se atribuye a la
madre de quitarle la vida al niño que lleva en sus entrañas.
Se designa con eufemismos buscando ocultar lo que en realidad es.
La diferencia del ADN entre madre y criatura, los derechos del
niño por nacer, todo se olvida, se confunde, se banaliza.
Es como una reedición de la ceguera que producía
la propaganda nacional socialista y los terribles actos que bajo
ella se buscaron disimular. A veces uno se pregunta: ¿Estamos
ante una amnesia colectiva?
El
falso irenismo es también una traición a la verdad.
Usa vocablos como caridad, amor, paz, pero que están despojados
de su sentido verdadero, son sólo palabras vacías
de su sentido propio. Incluso cuando como «sinónimo» generalizado
del acto sexual se dice: «hizo el amor». La importancia
del contenido de las palabras ha sido abandonada, y en su reemplazo
se las banaliza y se las usa en un sentido devaluado y hasta falso.
Hay
una fraseología hueca, logofóbica. No parece
accidental. Es un «neolenguaje» que responde a una
perspectiva cultural que busca hacerse dominante. Es un proceso
en la dimisión de lo humano. Eufemismos tales como «salud
reproductiva», «sexo seguro», «interrupción
del embarazo», por el uso de la abortiva RU486, «pluralidad
de modelos familiares», para alentar uniones de personas
del mismo sexo, «perspectiva de género» en sentido
semejante, entre otros son un ejemplo del contrabando lingüístico
que se viene dando en el mundo de hoy.
Obviamente
la Jerarquía y en general los hijos de la Iglesia
buscamos evidenciar esta estrategia del neolenguaje y cuanto atente
contra la dignidad y derechos del ser humano. Ojalá todos
comprendiesen que esa manipulación del lenguaje es un instrumento
que ofende gravemente la dignidad y la libertad, y nos pone ante
un futuro terrible donde la vida humana, la dignidad y derechos
sean manipulados por juegos de palabras que se abren camino por
la propaganda y llegan a hacerse leyes imperativas.
Uno
de los elementos fundamentales de la espiritualidad del Sodalicio
es el de la evangelización de la cultura. Asumir y vivir
verdaderamente la fe, ¿supone necesariamente que ésta
se haga cultura?
Hay
que destacar que la cultura no es algo abstracto, etéreo,
sino que son valores o anti-valores que se concretan en modos de
pensar, en las maneras de relacionarse unos con otros, en expresiones
más o menos organizadas de pensamiento, en instituciones
sociales, en los mecanismos económicos, en las leyes, en
las creaciones artísticas, etc. De todo eso se habla en
forma englobante cuando se hace alusión a la evangelización
de la cultura.
Justamente
por ello es necesario tomar en cuenta las diversas áreas
en las que se expresan los valores o anti-valores, como pueden
ser el hombre en cuanto persona, la familia, las estructuras sociales
de convivencia, la vida cívica y política, la economía,
etc., para desarrollar programas apostólicos y aproximaciones
destinadas a evangelizar los diversos valores, y así evangelizar
las formas en que se configuran en la vida de las gentes. Desde
la perspectiva de la evangelización de la cultura se abre
el panorama de la evangelización integral. Se trata de ir,
siempre respetuosos de la dignidad y la libertad, al encuentro
de toda la persona. Se debe tomar muy en cuenta su realidad desde
las categorías y criterios más profundos, subyacentes,
en su existencia concreta, y su proyección relacional, iluminándolo
todo con la luz y energía de la Buena Nueva del Señor
Jesús.
Que
la fe se haga cultura es un llamado del Magisterio. Más
aún, es apremiante que la fe irradie en profundidad las
diversas áreas en que se forja y manifiesta la cultura.
El Papa Pablo VI decía que la ruptura entre fe y cultura
es el drama de nuestro tiempo. Juan Pablo II ha hecho suya ésta
idea y la emplea para alentar la evangelización de la cultura.
Quisiera
añadir que no basta que una cultura haya asimilado
determinados aspectos evangélicos, sino que permanezca siempre
abierta al Señor Jesús.
¿De qué modo hacer realidad la cultura en una sociedad
de vértigo? ¿Es el vértigo o la velocidad
un aliado o un obstáculo para la cultura?
La
característica clave hoy no es propiamente el cambio
sino la rapidez del cambio. Es esa rapidez la que tanto impacta.
El ser humano se encuentra un poco aturdido por tanto movimiento.
Su pensar y obrar no escapan al influjo del fenómeno del
cambio acelerado. El hombre de hoy, presa de la velocidad, vive
desasosegado. Parece no encontrar paz. Experimenta una conflictualidad
interior y busca lo que en realidad son meros sucedáneos
que no le dan la paz y reconciliación que busca. Junto a
ello se estrella con una sociedad cada vez más violenta,
agresiva, en la que al lado de la agresión de estructuras
inadecuadas -que en lugar de promover la realización humana
la disminuyen, la oprimen-, aparece la violencia del crimen y del
terrorismo, la represión, la guerra.
El
cambio trae como contrabando la idea de novedad, de progreso.
Y, así, al decir que todo cambia se termina diciendo que
todo progresa. Y cuando más acelerado, más parece «progreso».
Y ni uno ni lo otro es verdad. Ni todo cambia, ni todo progresa.
Creer el sentido lineal ascendente de progreso es caer víctima
de la ilusión. Se empieza con la constatación de
unos hechos y se termina erigiendo un ídolo: ese cambio-progreso.
Lo que es permanente, lo que subsiste, queda desdibujado para la
mente que sucumbe a la esclavitud de la velocidad del cambio.
Así como se dio una cultura en ambientes bucólicos
en el pasado, también hoy en ritmos acelerados, que muchas
veces afectan las perspectivas y exigen un reenfoque, surge la
cultura del siglo XXI. Lo importante no es tanto el cambio ni la
velocidad del mismo sino estar conscientes de lo que ello significa.
La inculturación del Evangelio, pide que el anuncio sea
hecho hoy contando con esas características de la velocidad
del cambio, respondiendo a los desafíos que presenta pues
el don reconciliador va dirigido a todos los pueblos, tiempos y
culturas.
Si
la cultura supone una pregunta sobre el sentido y los fines de
la existencia, ¿cómo se compatibiliza esto con
la omnipresencia de lo matematizable y tecnológico en la
cultura contemporánea?
Las
nuevas tecnologías producen una especie de «costo
social» por lo que aportan. El reto está en cómo
manejar ese costo social, en cómo ayudar a reducir sus mordientes,
en cómo hacer para que el avance tecnológico se reconcilie
con los valores fundamentales del ser humano y de su naturaleza,
según el divino designio. No se trata de rehuir las nuevas
tecnologías o ciencias, sino de aprender a conocerlas bien
para integrarlas en una cultura al servicio de la realización
integral de la persona humana. Y, para ello hay que conocer muy
bien el peligro que en sí mismas portan, no sólo
en su mal uso.
Toda
ciencia o tecnología es portadora de un dinamismo
centrado en la búsqueda de la verdad. Esta búsqueda
no es un invento sino que es una prolongación de aquella
búsqueda o exploración de la verdad que se encuentra
en el corazón mismo de la persona humana. Las ciencias y
disciplinas conexas acogen esa inquietud dinámica y se lanzan
a la gran aventura de conocer. En la búsqueda de la verdad
no se puede prescindir de los fundamentos. Las diversas especializaciones
suponen la existencia de una realidad y la capacidad de la persona
de acceder a ella, de aprehenderla en su verdad, de sistematizarla.
No son sistemas cerrados en su propia metodización.
Hoy,
lamentablemente por el proceso de reduccionismo no es infrecuente
que por «ciencia» se suela entender su «metodización».
De ocurrir esto se constriñen a una expresión parcial,
desconectada funcionalmente de los fundamentos ontológicos
básicos que constituyen el área de su estudio. Así,
en última instancia, estas «ciencias» operarían
sin auténtica conexión con lo real o verdadero. De
esta forma se tiene un extrañamiento tal de la realidad
que el criterio de verdad no es ya la adecuación a la realidad,
sino simplemente si las operaciones se ajustaron o no al método
propuesto y su limitado «universo».
Cabe
así destacar la grave consecuencia de malentender
el recto valor de la razón y de las ciencias y disciplinas
por las que, debidamente unidas a su fundamento, se aproximan a
lo real. Las rupturas que el mundo experimenta hoy en buena parte
evidencian los alcances de esta ruptura con los fundamentos sobre
los que se apoyan, -valga la redundancia- sobre los que se fundan,
aquellas artes, metodologías o ciencias que se han deslegitimizado
a sí mismas por una fragmentación excesiva que las
descontextualiza absolutizando lo parcial o por la desconexión
con una instancia fundante global.
No
es necesaria una declaración de ateísmo formal,
basta la absolutización de la parcialidad o la pérdida
de conexión con el fundamento y a lo que remite. Es decir,
basta la prescindencia de Dios en la reflexión y la acción,
esto es, basta el agnosticismo funcional, para que «todo
esté permitido», según la tremenda frase de
Fiodor Dostoievski. Al ser excluidos Dios y su divino Plan de la
conciencia de quienes se ejercitan en las ciencias o tecnologías,
entonces, para ellos, todo estaría permitido, estarían
por encima del bien y del mal. Esto sembraría a la «cultura» adveniente
de cizaña aún más destructiva que la más
terrible pesadilla. El reconocimiento de la recta ubicación
en relación al fundamento real y su adecuación metodológica
permitiría que las ciencias y tecnologías estuviesen
al servicio del desarrollo del ser humano según el Plan
de Dios y así avanzar hacia una cultura de vida, hacia la
civilización del amor.
MARÍA ISABEL IRARRÁZABAL PRIETO
Entrevista aparecida en la Revista Humanitas N. 32.
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