Sodalitium Christianae Vitae - Sodalicio de Vida Cristiana

 

Evangelización e identidad cultural

Entrevista a Luis Fernando Figari en la revista "Humanitas" de Chile 

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Luis Fernando es el padre de una gran familia. Se trata de un conjunto de personas y asociaciones eclesiales que se vinculan en torno a un carisma y una espiritualidad comunes. Toda esta realidad de la Iglesia es llamada Familia Sodálite, hoy extendida en numerosos países de América y Europa. En 1999 una comunidad de sodálites (SCV) se estableció en Ñuñoa, por invitación del Arzobispo de Santiago, Cardenal Francisco Javier Errázuriz. Desde entonces se agrega la llegada de miembros de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y de las Siervas del Plan de Dios, y de todos quienes se han ido sumando a la presencia de esta familia en Chile. Su fundador revela en palabras iluminadoras un conocimiento profundo de cuáles son las necesidades del ser humano y del mundo de hoy, y un claro llamado a ser fuertes en la tarea que Dios nos ha encomendado dentro del plan de una Nueva Evangelización.

¿Podría explicar esta nueva realidad eclesial que se conoce como la Familia Sodálite?

Está integrada por personas que a título individual encuentran una sintonía con el estilo y la espiritualidad sodálite, así como por los diversos integrantes de alguna de las instituciones u obras de esta familia espiritual. Entre las instituciones se encuentra el Sodalitium Christianae Vitae, el Movimiento de Vida Cristiana, la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, las Siervas del Plan de Dios, la Asociación de María Inmaculada y la Hermandad de Nuestra Señora de la Reconciliación.

El camino de búsqueda de respuestas a las preguntas existenciales y a los desafíos de los tiempos nuevos recibió su «bautizo» el día de la Inmaculada Concepción en diciembre de 1971. Desde entonces se va recorriendo una senda de maduración y de concreciones en compañía cercana de Pastores de la Iglesia, buscando responder en todo al soplo e impulso del Espíritu Santo. Así llegamos al 8 de julio de 1997 en que el Papa Juan Pablo II concede su aprobación pontificia al Sodalitium Christianae Vitae (SCV), como Sociedad de Vida Apostólica, integrada por laicos consagrados y sacerdotes.

En 1999 una comunidad de sodálites (SCV) se estableció en Ñuñoa, por invitación del Arzobispo de Santiago, Cardenal Francisco Javier Errázuriz. Hoy se labora en diversas áreas de esta gran megalópolis que es Santiago. Particular dedicación ha merecido la labor en Maipú, en donde en un tiempo no muy lejano esperamos tener otra comunidad de vida fraterna. Dentro de su orientación general como consagrados los integrantes del Sodalicio se sienten llamados a recorrer el camino de perfección de la caridad por la vía apostólica. Se sienten llamados a acentuar algunos ámbitos que consideran fundamentales: el servicio evangelizador a los jóvenes, el compromiso solidario con los pobres, el anuncio del Evangelio hasta las raíces de la cultura y las culturas, y el servicio a las familias. Son acentos que, no obstante señalar áreas de especial atención, no excluyen otros campos que también son muy importantes en la vida del Pueblo de Dios.

Existen también dos asociaciones de vida consagrada para mujeres, la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, que recibió la aprobación diocesana en 1991, y las Siervas del Plan de Dios, que fue aprobada en la Arquidiócesis de Lima en 1998. Fraternas y siervas se encuentran laborando en la viña del Señor también en Chile.

El Movimiento de Vida Cristiana (MVC) nace en 1985, en respuesta a la vocación recibida de Dios, sobre las huellas que los integrantes del Sodalicio de Vida Cristiana venían recorriendo. De inmediato Germán Doig Klinge (1957-2001) recibe el encargo de ser su Coordinador General, sirviendo con sabiduría y prudencia al Movimiento, hasta el momento en que Dios lo llamó a su presencia. En 1994, la Sede Apostólica aprueba al MVC como Asociación Internacional de Fieles de Derecho Pontificio. Actualmente el Coordinador es Eduardo Regal Villa.

El Movimiento está conformado por hombres y mujeres de diversos estados de vida en la Iglesia. Sus miembros tienen diversas misiones, complementarias y comparten un mismo espíritu y un horizonte apostólico. Ellos nacen ante todo del gran don del Bautismo, Sacramento por el que cada uno es hecho miembro del Cuerpo de Cristo, conformándose con el Señor Jesús. Desde esa realidad bautismal, que sella la interioridad de la persona de una manera imborrable, cada cual es invitado a compartir la misión del Señor.

El Santo Padre ha señalado en diversas ocasiones que los movimientos eclesiales son un don del Espíritu Santo para la Iglesia. Constituyen ámbitos en los que los Christifideles se reúnen para profundizar su fe, en especial en los vastos desiertos de concreto, metal, cemento, asfalto y vidrio que son las megalópolis de nuestro tiempo. Sometida a múltiples fuerzas que la tiran de un lado hacia otro, la persona corre el peligro de ver aún más perdida su unidad interior, y así descubre cómo las rupturas de su existencia se agigantan.


Los movimientos eclesiales como el MVC, cada cual con sus propias características y estilo, ofrecen un ámbito de vida cristiana donde las personas pueden ahondar en su adhesión al Señor Jesús. Así, en el MVC las personas profundizan, viven y celebran su fe, crecen en su amor a la Iglesia, descubren las maravillas y los dones de Dios, expresan la caridad solidaria, procuran dar gloria a Dios con su vida cotidiana y comparten desde su propio recorrido y experiencia de Dios Amor con otras personas que están en búsqueda, hambrientas del Pan de Vida, sedientas del Agua Viva que calma los anhelos profundos del ser humano. En lo central de la experiencia de fe del integrante del MVC, se sitúa el anhelo por vivir la santidad, el ardoroso compromiso por el apostolado y la entrega generosa y fraterna en el servicio. Estas tres dimensiones expresan la proyección del Movimiento de Vida Cristiana en su vivir la fe de la Iglesia y en su aporte a la construcción de la civilización del amor en el mundo.

Hay quienes afirman que el lenguaje de la Iglesia no llega a la juventud. Desde la experiencia sodálite, ¿cómo respondería usted a esta objeción, aparentemente bastante difundida?

En lo personal no tengo la experiencia de que el anuncio del Evangelio que realiza la Iglesia no llegue a los jóvenes. Más bien todo lo contrario. Tanto desde una macro perspectiva, como de una micro perspectiva. Desde el gran Jubileo de los Jóvenes en Roma, en 1984, hasta la fecha se cuentan por muchos millones los jóvenes que han asistido a diversos encuentros de juventud en todo el mundo. También, descendiendo a la esfera cotidiana sodálite, se ve la multiplicación de grupos y comunidades de fe integradas por jóvenes que aspiran a madurar su compromiso cristiano personal e incluso a no desentenderse de los desafíos apostólicos de nuestro tiempo.

Los encuentros del Papa con la juventud son una clara manifestación de que un significativo número de jóvenes, y no solamente jóvenes, afirma ante el mundo que la fe en el Señor Jesús es la única respuesta al hambre interior, al deseo de felicidad, al más profundo clamor de realización humana. Son reuniones de jóvenes comunes, jóvenes que cotidianamente, en los diversos lugares de donde provienen, viven inmersos en un mundo materialista, superficial, mercantilista y que son bombardeados por una intensa propaganda sensual y agnóstica de los medios. Es juventud de este tiempo que se viene llamando informático, tecnológico.

Ciertamente que el lenguaje de hoy no suena igual que el de ayer. Ha habido un concilio decisivo, como el Vaticano II y su proceso de «aggiornamento». El Papa Juan Pablo II ha venido convocando a la realización de un programa de evangelización que responda a las características singulares del mundo de hoy. Actualmente hablamos de «nueva evangelización» precisamente para hacer audible el Evangelio a los hombres y mujeres de hoy. El Papa ha calificado a este programa como nuevo en su expresión, en sus métodos y en su ardor.

Esta aproximación apostólica no significa que el núcleo central de la evangelización haya variado. ¡Nada de eso! La nueva evangelización ha de ser un anuncio muy claro de la absoluta singularidad de la Palabra Eterna hecha hombre en el seno inmaculado de la Virgen María. Es el anuncio hodierno del Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre. El anuncio de su Nombre, de su Vida, de sus Misterios, de sus promesas. El anuncio de la revelación que se encuentra en el depósito de la fe de la Iglesia. Al acoger la Palabra Encarnada el ser humano aprende el lenguaje de Dios y puede llegar a dialogar con su propia interioridad que lleva la huella divina y se decodifica en su lenguaje.

Precisamente, pasajes centrales como el de Gaudium et spes 22 o de Ecclesia in America 10 hablan de esta íntima relación del Señor Jesús y la identidad y realización de la persona humana. Son pasajes del Magisterio, como los señalados, los que hacen más claro el mensaje de la Buena Nueva a los hombres y mujeres del tercer milenio. Se dirigen de una manera especial a la identidad personal. Constituyen la perspectiva de la nueva evangelización.

Veamos por ejemplo ese encuentro de más de dos millones de jóvenes en Tor Vergata, en Roma. Avanzando en medio de un desbordante entusiasmo juvenil, el Papa dio una vez más una gran catequesis al mundo: «¿Qué habéis venido a buscar?, o mejor, ¿a quién habéis venido a buscar?». Poco a poco se fue escuchando en diversos lugares de la inmensa multitud un creciente murmullo que se hizo un atronador grito de fe: ¡Jesús! ¡Cristo! ¡En diversas lenguas un mismo clamor! La voz de Juan Pablo II se alzó vibrante por los altavoces recogiendo lo que los jóvenes peregrinos decían: «La respuesta no puede ser más que una: ¡habéis venido a buscar a Jesucristo!». El mensaje de esos y tantos otros millones de jóvenes es: ¡Hemos venido a buscar a Jesucristo! ¡Hemos venido tras las huellas del dulce Señor Jesús, junto a Pedro, su Vicario en la tierra, para que nos confirme en la fe!

No veo, pues, un problema de lenguaje propiamente, el «aggiornamento» en lo accidental se ha dado y se viene dando. Más bien hay otros factores que problematizan la evangelización, en particular de la juventud. Están en un mundo que tiene muchas categorías cristianas, pero que se encuentra herido por la secularización, por el relativismo. Factores como entender bien lo que implica confesar a Cristo, la coherencia en el seguimiento del Señor, la relación entre Cristo y la Iglesia, así como factores como la perseverancia, la generosidad en la entrega, el vencer el miedo. ¡Hay tanto miedo a los compromisos serios en el mundo de hoy! Por ello es tan importante la dimensión testimonial de la evangelización. Los temas de la identidad del hijo de la Iglesia y de la coherencia entre fe y vida cotidiana son capitales.

Es fundamental considerar más una presentación personal y juvenil de la fe. Respetar al joven y su libertad, tomarlo realmente en serio. Ayudarlo a que se descubra como un ser humano invitado a la comunión con Dios y con los hermanos, a que se descubra como una persona con una tarea en el mundo, a que descubra la importancia de captar la dimensión que el Plan de Dios tiene para él. Que comprenda que lo que siente como una especie de vacío existencial es más bien nostalgia de Dios, y que ella no puede ser calmada por sucedáneos. Ayudar a que descubra cuán fascinante es la vida cristiana. Pero en definitiva la evangelización es siempre un asunto de Dios, en el que el ser humano colabora. No olvidemos que es el mismo Señor Jesús quien dice: «Nadie viene a Mí si mi Padre no lo atrae». Evangelizar es anunciar y acompañar respetuosamente.

Ciertamente el sodálite busca anunciar al Señor Jesús en primera persona, como ha pedido el Papa. Lo hace tomando en cuenta la perspectiva de la nueva evangelización, y rezando mucho. Los jóvenes, como todo ser humano, finalmente descubren la nostalgia de infinito, de reconciliación en su interior. El lenguaje que se debe usar es aquel que con palabras de hoy exprese los anhelos y respuestas que el Señor Jesús nos ha dado.

Hay un tema que aparece recurrentemente en el magisterio de Juan Pablo II, es el tema de la verdad. Lo tenemos en sus encíclicas tales como Centesimus annus, Evangelium vitae, y en forma particularmente explícita y central en Veritatis splendor y Fides et ratio. En su experiencia apostólica, ¿qué problemas percibe en torno al tema de la verdad?

Son muchísimos los problemas que hoy afectan la existencia de la verdad, el encuentro de la verdad y las consecuencias de ello. El Papa habla de «crisis en torno a la verdad», y le ha concedido al asunto una continua atención en su Magisterio.

En primer lugar pienso que hay que dejar en claro que esta crisis no ha llegado de improviso. Es consecuencia de un proceso que viene dándose desde hace algunos siglos. Podemos pensar en la reducción matemática y racionalista de la realidad de un René Descartes, en el siglo XVII, o en el escepticismo nominalista y reductivo a lo empírico de David Hume, en el XVIII, o en aquel mismo siglo en esa curiosa dualidad postulada por Emanuel Kant entre la pura razón y la razón práctica con el consecuente divorcio para él y quienes lo siguen entre fe y razón, llevando con ello a un subjetivismo gnoseológico hoy bastante difundido.

Todo ello fue acompañado por el triunfo del llamado racionalismo ilustrado que encontró su momento emblemático en la Revolución Francesa. Hoy, para una cantidad de gente que otrora la idolatraba, la razón ha caído de su pedestal y no son pocos quienes en actitud nihilista no sólo la desacreditan, sino que además niegan la posibilidad del conocimiento de la verdad, e incluso la existencia de la verdad. Subjetivismo y relativismo se difunden por doquier, cada vez más. Hace sesenta años el Beato Alberto Hurtado señalaba al materialismo agnóstico, al pragmatismo o utilitarismo, y al relativismo como los elementos que desde entonces venían «plasmando la mentalidad de la moderna generación». Es importante señalar que esa forma mentis que veía surgir el beato chileno ha contado para su difusión con la ignorancia sobre los planteamientos de pensadores y filósofos católicos de los últimos siglos. Incluso en colegios y universidades católicas hay una prescindencia de ellos, como si nunca hubiesen existido.

Así hoy se expande un irracionalismo unido a un relativismo galopante. Los reduccionismos de todo tipo que absolutizando lo parcial ven la realidad toda desde una óptica fragmentaria, hacen de paraguas bajo cuya protección han venido surgiendo las ideologías que atentan contra el ser humano. El enmascaramiento es uno de los senderos por los que avanza el relativismo. El subjetivismo como error y abuso de la recta subjetividad le sirve tanto de apoyo como de caldo de cultivo.

La Iglesia, y hoy Juan Pablo II han venido saliendo en defensa de la razón y de la verdad. De cara al tercer milenio el Papa viene señalando la capital importancia de la armonía entre fe y razón para la humanidad. «La fe y la razón -dice en Fides et ratio- son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad».

Con un cuestionamiento abierto o con el sutil agnosticismo funcional cuyos efectos son desastrosos, pueblos que recibieron la primera evangelización y que a ella deben su identidad, van viéndola debilitarse porque los fenómenos apuntados llevan a un subjetivismo tal que la verdad pierde valor ante el gusto o disgusto, la realidad como tal se banaliza, el capricho, la irrefrenada búsqueda de placer, de tener, de poder ocupan un lugar preponderante. El tiempo transcurrido ha llevado a muchos a una insensibilidad tal ante la verdad, que fácilmente la dejan de lado cuando incomoda o se pone en el camino de proyectos o ambiciones.

Esto nos lleva directamente al tema de la evangelización de la cultura como una dimensión capital del proceso de nueva evangelización al que estamos invitados. Basta con seguir las huellas de la importancia que le da el Santo Padre en los textos que usted ha señalado y en otras intervenciones para comprender que la verdad y cuanto se refiere a ella es un tema prioritario en la evangelización y en consecuencia en la realización del ser humano.

¿Cuáles piensa usted que son las causas por las que en países como el nuestro, de fuerte tradición católica, el número de católicos haya disminuido en los últimos años? ¿Es ésta una situación generalizada en América latina?

Los obispos en la Conferencia general de Santo Domingo apuntaban al vacío religioso que se ha generado en nuestros pueblos. Es un fenómeno real que se expresa en una identidad y coherencia debilitadas. No se puede descartar la existencia de una campaña que busca tal debilitamiento, que a la larga haría que nuestros pueblos se alienen de su identidad y así pierdan el sentido y cohesión. La búsqueda del desprestigio de líderes de la Iglesia, del clero, y de muchas instituciones, que adquiere formas y objetivos concretos diversos según los países, no oculta, a pesar de esa aparente diversidad, que se está ante una intensa campaña de propaganda de corte internacional, cuyo objetivo parece ser desprestigiar y minar la autoridad de la Iglesia para así acallar su voz. Aquí mismo el Arzobispado de Santiago, en sus Líneas Pastorales hacia el 2005, ha denunciado la campaña de desprestigio contra la Iglesia y la influencia del Evangelio en las costumbres del pueblo. Cabría preguntarse si todo ello tiene algo que ver con la ambigüedad de ciertos esquemas de globalización. De lo que sí se puede estar seguro es que se ha venido dando una rápida expansión de visiones ajenas y contrapuestas a las de la evangelización constituyente de la identidad de nuestros pueblos. Igualmente, grupos de postura y proselitismo antieclesial han ido surgiendo en diversos lugares, ya sea con cariz político, ya religioso, ya con ambos. Esto ha ido adquiriendo en América Latina, donde radica más de la mitad de los católicos del mundo, proporciones cada vez más dramáticas, como ya decían los obispos en Santo Domingo, hace más de diez años.

No cabe duda que el proceso afecta a unos países mucho más que a otros. La cifra de 70% de católicos en Chile ya es de por sí dolorosa. Más aún el descenso de un 10% en diez años hace que ello sea preocupante. Lo es más si se hace un análisis por sectores sociales, económicos y culturales. Los hijos de la Iglesia Católica en Chile harían muy bien en retomar las famosas palabras del Beato Hurtado, ¡de hace sesenta años! «¿Reaccionarán los católicos de Chile? ¿Qué actitud tomarán los jóvenes ante la horrible tragedia espiritual de su patria?»

La nueva evangelización a la que convoca el Papa es un llamado a la conciencia de todo bautizado para que se comprometa en la propia evangelización, comprendiendo que «uno mismo es el primer campo de apostolado», y desde la convicción firme del encuentro con el Señor Jesús, su Vida, Misterios y Doctrina se lance a dar testimonio y anunciar la Buena Nueva desde un corazón que sienta con la Iglesia y la ame.

La devoción mariana en nuestros pueblos es una realidad invalorable en todo aquello que atañe al compromiso de la fe y a la evangelización. Por ello la nueva evangelización se ha de realizar al ritmo de los latidos del Inmaculado Corazón de María, pues Ella es la Madre de la Iglesia que engendra siempre nuevos hijos e hijas.

Es evidente el atractivo que los medios de comunicación modernos ejercen en la juventud y es sabido el tiempo que los jóvenes ocupan en el uso de estos medios, llámense televisión, internet u otros... Dos cuestiones: una, ¿cómo orientar ese uso por parte de los usuarios jóvenes? Dos, dado el contexto comercial competitivo en el que universalmente navegan estos medios, ¿hasta qué punto cree que su lenguaje es rescatable para una tarea de evangelización de la cultura?

No se puede minimizar el influjo de los medios de comunicación, en especial del cine, la televisión, Internet y otros en el desarrollo de una visión secularizante, de criterios reductivos y naturalistas sobre la existencia, de un relativismo en torno a la verdad, de prejuicios anticatólicos, de un sutil y pernicioso agnosticismo funcional, de una distorsión de la realidad de Dios, de una cosmovisión donde el bien y el mal se confunden o son considerados expresión de subjetivismo.

Los medios en sí son una realidad que podría ser muy bien usada y de hecho en no pocos casos lo son. Lamentablemente el uso de los medios a favor de los rectos valores no está tan difundido como sería de desear. Éste fenómeno está ligado a un proceso de globalización que busca una cierta homogenización cultural, por ello promueve corrientes como el pensamiento débil y busca transmitir antivalores que permitan la hegemonía de una visión permisiva. Deseo indicar que el problema que están generando estos medios con su influencia sobre las personas, la familia, los pueblos es mucho más complejo que un problema de moralidad particular.

Bastante tiempo antes del final de la Guerra Fría ya existía una sociedad de información en proceso de crecimiento. Ella era campo de visiones culturales diversas. Hoy las coordenadas han cambiado pero el núcleo de la problemática sigue siendo un afán por difundir de manera cada vez más hegemónica una visión cultural ajena y hasta opuesta al cristianismo.

Ante todo es necesario saber que esto está ocurriendo. Ello llevará a un primer nivel de sinceramiento del mensaje que se recibe por dichos medios y que lleve a un discernimiento de cuanto afecta a los valores. Juan Pablo II decía no hace mucho a los Obispos de Chile: «Es de esperar que los esfuerzos del pueblo chileno para insertarse en el mundo global no lo lleven a perder su identidad cultural». Obviamente detrás de las palabras del Papa existe un análisis de lo que viene ocurriendo, no sólo en el campo de las comunicaciones, sino también en otros.

Con esto estoy respondiendo a lo que percibo como trasfondo del asunto planteado. Ahora, es cierto que es asombroso el número de horas que muchos jóvenes dedican a la TV o a Internet, al chateo, a la navegación y otros asuntos. El hecho es real. Es muy importante una educación en lo que significan estos medios, valorarlos en sus aportes y poner en guardia sobre sus peligros. En esto, como en tantas otras cosas, la familia, los padres, tienen una responsabilidad insustituible.

Existen muchos estudios sobre éstos fenómenos. El asunto central es comprender lo que está ocurriendo. Es el paso a una nueva dimensión en que los medios de comunicación desempeñan un rol antes impensado, salvo en la ciencia ficción. Los medios referidos son portadores de una ideología, pero la realidad de los medios va más allá de la ideología que directamente transmiten. Por ello la educación para un recto uso de los medios debe atender tanto al discernimiento o sinceramiento de lo ideológico, como al factor del medio mismo, llámese Internet o televisión.

La clave está en la educación. En comprender el sentido de instrumentalidad del medio. En aprender a ejercitarse en la virtud de la prudencia para que el discernimiento sea realmente libre y según sanos criterios.

Hay factores muy graves como el desplazamiento de la lectura. Fenómenos, con todo lo discutible de los contenidos, como la masiva lectura de la obra de la Rowlings por gente joven, son una excepción. La difusión de libros atractivos y la educación en el hábito de la buena lectura son siempre aconsejables. Ciertamente hay jóvenes aficionados a la lectura.

Por otro lado, se ha podido constatar un fenómeno muy grave como que la atención de no pocos jóvenes se da a saltos, es decir al ritmo de los efectos especiales. Muchas veces al solicitar un comentario sobre una película en un grupo de evaluación, la gran mayoría no ha retenido la trama sino tan sólo los efectos especiales que llamaron su atención. La difusión de este esquema de pensamiento abandona la logicidad por la espectacularidad.

El chateo tomado como vicio, pues el método técnico de chat se puede usar bien -como por ejemplo en empresas para facilitar la comunicación-, lleva a muchas confusiones y problemas entre los cuales el subjetivismo, la fantasía, el imperio de la realidad virtual, cuya base es la lejanía de lo real y objetivo, son categorías que en muchos parecen fundar conductas y regir el pensamiento. Obviamente el tema de la generación de hábitos de ilogicidad se relaciona con la anterior pregunta en torno a la crisis de la verdad y a la explosión de subjetivismo y emocionalismo que hoy presenciamos. Son rasgos de un mundo que se está construyendo contra el ser humano y contra su dignidad, en donde prima una dimisión de lo humano.

Vemos el paso de la oralidad al copiado, luego a la imprenta, a la radio, a la televisión, al ciberespacio. Éste es «real» y no sólo «virtual», como se suele decir. Es una realidad compuesta de máquinas, programas, personas, capacidad de manejo de esos instrumentos, y mensajes, que se comunican en esta realidad. Éste aparece como un nuevo espacio donde se debe anunciar la Palabra de la Vida. Parece indispensable un serio esfuerzo por profundizar en los posibles efectos antropológicos de los desarrollos de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías con el fin de rescatar su riqueza y contribuir a su orientación al servicio del anuncio de la verdad liberadora y reconciliadora del Evangelio. No se debe desconocer el grave riesgo existente ante la posibilidad de subordinar el anuncio a los parámetros de los multimedios, pero como enseña el Papa Juan Pablo II, éste es un campo de evangelización prioritario que no puede ser abandonado sin traicionar las mociones del Espíritu. El ciberespacio tiene sus pobladores reales, lo que se podría llamar sus ciudadanos. Urgen pues ciberapóstoles que ayuden a una presentación visible y audible de la Palabra Viva.

Pienso que es posible que una aproximación madura y cuidadamente crítica lleve al joven o la joven a distinguir los valores de los antivalores, el mensaje cristiano de aquel universo significativo de las películas y medios que se opone a él. Con padres bien formados y dedicados, los niños y adolescentes pueden ir aprendiendo a distinguir y discernir, en la línea de lo que en habla inglesa se suele llamar Parental Guidance (guía de los padres). La escuela, los clubes de video o cine clubes de orientación católica, los talleres de informática, son todos elementos que pueden ayudar. Pero, de faltar esta mediación crítica y esa orientación que ayude a discernir, tras el telón del entretenimiento y de la atracción se desliza una visión de la existencia que va socavando notas esenciales de la integral realidad humana y que ciertamente no está conforme con la visión cristiana de la vida, y su presencia paulatinamente va conduciendo al debilitamiento de su comprensión, a la incoherencia y a la confusión existencial.

Nosotros publicamos hace ya un tiempo un artículo suyo en el que se refería al tema de la globalización. A propósito de ese artículo, ¿cómo se entiende que justamente una época de globalización, en que se busca «homogeneizar» a los individuos y a las sociedades entre sí, se dé con tanta fuerza algo aparentemente opuesto, como es el individualismo exacervado (y el pluralismo)?

La globalización es una realidad ambigua. Algunos sociólogos incluso niegan que se deba hablar de globalización. Esto se debe a que no hay un solo factor sino una concurrencia de elementos, desde la evolución de la economía, la nueva organización y filosofía de las empresas, la internacionalización de los grupos financieros, así como un sorprendente avance tecnológico en las comunicaciones. Como uno de los elementos se habla también de globalización cultural.

No parece que se pueda negar el fenómeno de globalización. Su sentido ambiguo, o para usar la conocida expresión de John Naisbitt, «paradójico», no es razón para hacerlo. La «homogeneización» es una tendencia que puede acompañar a ciertos enfoques de la globalización. Ello lleva a muchas personas a resistir esta homogeneización cultural al sentirse amenazados por ella, por el peligro de dominación de un determinado modelo cultural, por la imposición de una visión que se opone a la propia escala de valores. Por ello se da la afirmación de lo propio, de la particularización, de la afirmación de la singularidad ante el peligro del engullimiento cultural por un proceso homogeneizador global.

No podemos aproximarnos al fenómeno de globalización y de homogeneización de manera simplista. El concepto propuesto por George Ritzer sobre la dinámica de McDonaldization de la sociedad es una metáfora que busca pescar un símbolo que ayude a comprender lo que pasa. Naisbitt señala la oposición de lo «universal» y usa la metáfora de lo «tribal», es decir la idiosincrasia particular. Castells dice que la globalización lleva a una afirmación de la identidad en el «ser» más que en el «hacer». Barber y Alaine Touraine reconocen un impulso de defensa de lo propio ante el peligro de uniformidad.

El impulso de homogeneización implica un debilitamiento de lo propio. Allí tenemos por un lado el «pensiero debole» y por otro la autocensura del «political correctness». Ambas tendencias se fundan en lo inaccesible de la verdad o en su inexistencia, por lo que todo es «doxa», es decir mera opinión. Así, el relativismo sirve para el brote de una visión subjetiva que puede ser asumida en términos absolutos o relativos, según concurran diversos factores, y al mismo tiempo por esta dimisión de la verdad se produce más que una tolerancia o un respetuoso pluralismo, un fenómeno de indiferencia, de agnosticismo funcional, de pseudo respeto a la opinión ajena, pues se le resta todo valor centrado en la verdad, tiene como sustrato un escepticismo radical o moderado.

La perspectiva que busca la afirmación de lo propio y se abre a la realidad y al acceso a la verdad está en contracorriente con una homogeneización fundada en el relativismo gnoseológico de una u otra factura.

En el mismo artículo usted se refiere a un «neolenguaje» propio de un mundo globalizado, cuyo vocabulario elimina ciertas palabras «fuertes», reemplazándolas por otras más ambiguas o «inofensivas». ¿Cuáles son, a su juicio, algunas de las palabras clave que sostienen -gracias a su ambigüedad- este neolenguaje hoy en día? (Qué sucede a este respecto en el plano religioso).

El planteamiento del «neolenguaje», newspeak, es de George Orwell, quien conceptualizó un contrabando o trasbordo a través de usar palabras con un sentido diverso al aparente, y así aplicar un sistema totalitario bajo un disfraz. Estaba apuntando a uno de los elementos de la propaganda. Hoy se busca ocupar palabras que sean ambiguas o banalizar por medio del equívoco intencionado o la depreciación palabras que tienen un sentido claro y preciso. Por ejemplo, no es infrecuente que activistas de campañas anticatólicas empleen el término contradictorio de «secta católica». ¿Qué extraño fenómeno podría ser ese de una «secta» «católica»? La ilogicidad no es para ellos un obstáculo. El objetivo es hacer daño, desprestigiar, intimidar, imponerse.

Igual ocurre con el «derecho» que se atribuye a la madre de quitarle la vida al niño que lleva en sus entrañas. Se designa con eufemismos buscando ocultar lo que en realidad es. La diferencia del ADN entre madre y criatura, los derechos del niño por nacer, todo se olvida, se confunde, se banaliza. Es como una reedición de la ceguera que producía la propaganda nacional socialista y los terribles actos que bajo ella se buscaron disimular. A veces uno se pregunta: ¿Estamos ante una amnesia colectiva?

El falso irenismo es también una traición a la verdad. Usa vocablos como caridad, amor, paz, pero que están despojados de su sentido verdadero, son sólo palabras vacías de su sentido propio. Incluso cuando como «sinónimo» generalizado del acto sexual se dice: «hizo el amor». La importancia del contenido de las palabras ha sido abandonada, y en su reemplazo se las banaliza y se las usa en un sentido devaluado y hasta falso.

Hay una fraseología hueca, logofóbica. No parece accidental. Es un «neolenguaje» que responde a una perspectiva cultural que busca hacerse dominante. Es un proceso en la dimisión de lo humano. Eufemismos tales como «salud reproductiva», «sexo seguro», «interrupción del embarazo», por el uso de la abortiva RU486, «pluralidad de modelos familiares», para alentar uniones de personas del mismo sexo, «perspectiva de género» en sentido semejante, entre otros son un ejemplo del contrabando lingüístico que se viene dando en el mundo de hoy.

Obviamente la Jerarquía y en general los hijos de la Iglesia buscamos evidenciar esta estrategia del neolenguaje y cuanto atente contra la dignidad y derechos del ser humano. Ojalá todos comprendiesen que esa manipulación del lenguaje es un instrumento que ofende gravemente la dignidad y la libertad, y nos pone ante un futuro terrible donde la vida humana, la dignidad y derechos sean manipulados por juegos de palabras que se abren camino por la propaganda y llegan a hacerse leyes imperativas.

Uno de los elementos fundamentales de la espiritualidad del Sodalicio es el de la evangelización de la cultura. Asumir y vivir verdaderamente la fe, ¿supone necesariamente que ésta se haga cultura?

Hay que destacar que la cultura no es algo abstracto, etéreo, sino que son valores o anti-valores que se concretan en modos de pensar, en las maneras de relacionarse unos con otros, en expresiones más o menos organizadas de pensamiento, en instituciones sociales, en los mecanismos económicos, en las leyes, en las creaciones artísticas, etc. De todo eso se habla en forma englobante cuando se hace alusión a la evangelización de la cultura.

Justamente por ello es necesario tomar en cuenta las diversas áreas en las que se expresan los valores o anti-valores, como pueden ser el hombre en cuanto persona, la familia, las estructuras sociales de convivencia, la vida cívica y política, la economía, etc., para desarrollar programas apostólicos y aproximaciones destinadas a evangelizar los diversos valores, y así evangelizar las formas en que se configuran en la vida de las gentes. Desde la perspectiva de la evangelización de la cultura se abre el panorama de la evangelización integral. Se trata de ir, siempre respetuosos de la dignidad y la libertad, al encuentro de toda la persona. Se debe tomar muy en cuenta su realidad desde las categorías y criterios más profundos, subyacentes, en su existencia concreta, y su proyección relacional, iluminándolo todo con la luz y energía de la Buena Nueva del Señor Jesús.

Que la fe se haga cultura es un llamado del Magisterio. Más aún, es apremiante que la fe irradie en profundidad las diversas áreas en que se forja y manifiesta la cultura. El Papa Pablo VI decía que la ruptura entre fe y cultura es el drama de nuestro tiempo. Juan Pablo II ha hecho suya ésta idea y la emplea para alentar la evangelización de la cultura.

Quisiera añadir que no basta que una cultura haya asimilado determinados aspectos evangélicos, sino que permanezca siempre abierta al Señor Jesús.

¿De qué modo hacer realidad la cultura en una sociedad de vértigo? ¿Es el vértigo o la velocidad un aliado o un obstáculo para la cultura?

La característica clave hoy no es propiamente el cambio sino la rapidez del cambio. Es esa rapidez la que tanto impacta. El ser humano se encuentra un poco aturdido por tanto movimiento. Su pensar y obrar no escapan al influjo del fenómeno del cambio acelerado. El hombre de hoy, presa de la velocidad, vive desasosegado. Parece no encontrar paz. Experimenta una conflictualidad interior y busca lo que en realidad son meros sucedáneos que no le dan la paz y reconciliación que busca. Junto a ello se estrella con una sociedad cada vez más violenta, agresiva, en la que al lado de la agresión de estructuras inadecuadas -que en lugar de promover la realización humana la disminuyen, la oprimen-, aparece la violencia del crimen y del terrorismo, la represión, la guerra.

El cambio trae como contrabando la idea de novedad, de progreso. Y, así, al decir que todo cambia se termina diciendo que todo progresa. Y cuando más acelerado, más parece «progreso». Y ni uno ni lo otro es verdad. Ni todo cambia, ni todo progresa. Creer el sentido lineal ascendente de progreso es caer víctima de la ilusión. Se empieza con la constatación de unos hechos y se termina erigiendo un ídolo: ese cambio-progreso. Lo que es permanente, lo que subsiste, queda desdibujado para la mente que sucumbe a la esclavitud de la velocidad del cambio.

Así como se dio una cultura en ambientes bucólicos en el pasado, también hoy en ritmos acelerados, que muchas veces afectan las perspectivas y exigen un reenfoque, surge la cultura del siglo XXI. Lo importante no es tanto el cambio ni la velocidad del mismo sino estar conscientes de lo que ello significa. La inculturación del Evangelio, pide que el anuncio sea hecho hoy contando con esas características de la velocidad del cambio, respondiendo a los desafíos que presenta pues el don reconciliador va dirigido a todos los pueblos, tiempos y culturas.

Si la cultura supone una pregunta sobre el sentido y los fines de la existencia, ¿cómo se compatibiliza esto con la omnipresencia de lo matematizable y tecnológico en la cultura contemporánea?

Las nuevas tecnologías producen una especie de «costo social» por lo que aportan. El reto está en cómo manejar ese costo social, en cómo ayudar a reducir sus mordientes, en cómo hacer para que el avance tecnológico se reconcilie con los valores fundamentales del ser humano y de su naturaleza, según el divino designio. No se trata de rehuir las nuevas tecnologías o ciencias, sino de aprender a conocerlas bien para integrarlas en una cultura al servicio de la realización integral de la persona humana. Y, para ello hay que conocer muy bien el peligro que en sí mismas portan, no sólo en su mal uso.

Toda ciencia o tecnología es portadora de un dinamismo centrado en la búsqueda de la verdad. Esta búsqueda no es un invento sino que es una prolongación de aquella búsqueda o exploración de la verdad que se encuentra en el corazón mismo de la persona humana. Las ciencias y disciplinas conexas acogen esa inquietud dinámica y se lanzan a la gran aventura de conocer. En la búsqueda de la verdad no se puede prescindir de los fundamentos. Las diversas especializaciones suponen la existencia de una realidad y la capacidad de la persona de acceder a ella, de aprehenderla en su verdad, de sistematizarla. No son sistemas cerrados en su propia metodización.

Hoy, lamentablemente por el proceso de reduccionismo no es infrecuente que por «ciencia» se suela entender su «metodización». De ocurrir esto se constriñen a una expresión parcial, desconectada funcionalmente de los fundamentos ontológicos básicos que constituyen el área de su estudio. Así, en última instancia, estas «ciencias» operarían sin auténtica conexión con lo real o verdadero. De esta forma se tiene un extrañamiento tal de la realidad que el criterio de verdad no es ya la adecuación a la realidad, sino simplemente si las operaciones se ajustaron o no al método propuesto y su limitado «universo».

Cabe así destacar la grave consecuencia de malentender el recto valor de la razón y de las ciencias y disciplinas por las que, debidamente unidas a su fundamento, se aproximan a lo real. Las rupturas que el mundo experimenta hoy en buena parte evidencian los alcances de esta ruptura con los fundamentos sobre los que se apoyan, -valga la redundancia- sobre los que se fundan, aquellas artes, metodologías o ciencias que se han deslegitimizado a sí mismas por una fragmentación excesiva que las descontextualiza absolutizando lo parcial o por la desconexión con una instancia fundante global.

No es necesaria una declaración de ateísmo formal, basta la absolutización de la parcialidad o la pérdida de conexión con el fundamento y a lo que remite. Es decir, basta la prescindencia de Dios en la reflexión y la acción, esto es, basta el agnosticismo funcional, para que «todo esté permitido», según la tremenda frase de Fiodor Dostoievski. Al ser excluidos Dios y su divino Plan de la conciencia de quienes se ejercitan en las ciencias o tecnologías, entonces, para ellos, todo estaría permitido, estarían por encima del bien y del mal. Esto sembraría a la «cultura» adveniente de cizaña aún más destructiva que la más terrible pesadilla. El reconocimiento de la recta ubicación en relación al fundamento real y su adecuación metodológica permitiría que las ciencias y tecnologías estuviesen al servicio del desarrollo del ser humano según el Plan de Dios y así avanzar hacia una cultura de vida, hacia la civilización del amor.


MARÍA ISABEL IRARRÁZABAL PRIETO

Entrevista aparecida en la Revista Humanitas N. 32.

 

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